Hoy se pintaba en los visos de sol que entraban por mi ventana al despertarme un día bastante agradable. Me levante de buen humor, cambié la ropa de cama, me dí un buen baño y me puse ropa que pensé se me veía bien mientras con una inusual vanidad me veía en el espejo; desayune un café capuccino con un trozo de pan mientras revisaba un par de cosas en mi mini-laptop, salí a la sala de estar (no se a que) y vi los peces del acuario e inventé por un momento absurdos pensamientos pecesiles que podrían pasar por sus diminutos cerebros, saludé a mi sobrino que recién despertaba por el repique de una llamada entrante al teléfono de la casa que supuse era para él (y supuse bien); me perfumé y vi por la ventana que hacía unos instantes había descubierto de atrás de las cortinas, un cielo de un intenso azul que me sugería aplicarme un poco de bloqueador solar para evitar las quemaduras en la piel lo cual hice antes de que por último decidiera ponerme el sombrero que dejé caer como cereza en postre sobre mi cabeza mientras el pensamiento me hacía soltar una última sonrisa en el interior del apartamento.
Tomé un bus grande y destartalado que de manera intermitente (porque estaba cabeceando de sueño mientras hacía un fallido intento por leer un libro de Italo Calvino) me llevo a la puerta de la entrada a la Universidad Nacional que queda por la carrera 30; camine por la alameda encerrada en arboles por mi innombrables que siempre me incitan a aspirar profundo una gran bocanada de oxigeno del campus y llegué a la facultad donde luego de saludar algunos amigos entré a la reunión de estudiantes de mi semestre que empezó a las 10:30 am y tardó mas de lo esperado pero de la cuál salí con la sensación de haber aportado comentarios útiles. A la salida me esperaba chiqui quien con su particular efusividad me saludó y me contó, y yo también le conté, los pormenores del fin de semana mientras caminabamos hacia la cafetería donde siempre nos fumamos un tinto. A la media hora nos despedimos, el tenía cosas por hacer pero aún así quedamos de vernos en la tarde (más tarde pues ya era el medio día).
-Esto pinta demasiado descriptivo, yo se, pero lo considero necesario para entender lo que sentí al final del día.-
No hice fila para reclamar el almuerzo, me encontré con dos amigas que casualmente me guardaban un lugar un poco mas adelante del final, saludé con una sonrisa a las señoras que sirven los platos y bromeé un poco sobre lo que me gustaría que me sirvieran, luego de robarles una sonrisa (que aumentó la sonrisa que desde la mañana llevaba dentro de mi) me senté con mis amigas y entre comentarios curiosos y risas que revoloteaban sobre la mesa saltando de boca en boca terminamos de comer. Y mi amiga Kathe brillo por su ausencia no solo en ese momento, también por el resto del día (yo se, comentario suelto).
De nuevo me dirigí hacia la facultad de medicina donde me senté en los cómodos 'desfalcos azules' (así me gusta llamar a los sillones en los que uno suele invocar con cabezazos a Morfeo) a intentar leer el libro que había dejado pendiente desde el bus cuando llegó otra grata compañía a hacerme la charla. No duré mucho junto a ella pues debía hacer un par de cosas, subí las escaleras hacia cualquier piso de la facultad y tuve un casual encuentro con alguien con quien sufrimos un disgusto mutuo al vernos; no terminé haciendo nada de servir y al bajar las escaleras me encontré con un compañero de un semestre más alto; lo deje pronto pues la segunda cosa por hacer era encontrarme con alguien.
Salí de la facultad, me dirigí hacia la biblioteca y allí, en la esquina, me esperaba sentada en la escalinata la niña con la que por alguna extraña razón de alineación cósmica hemos congeniado tantísimo en tan pocos días que pueden contarse exactamente con los dedos de una mano.
Fuimos a un bonito lugar rodeado de arboles y piedras grandes y, entre conversaciones extrañas, chocolates baratos, música reproducida por el altavoz de un teléfono móvil y ladridos de perros, ella acompañó mi tarde y la hizo infinitamente mas agradable de lo que habría esperado antes de encontrarla. Ya se aproximaba la noche cuando la dejé cerca al sitio donde tomaba su transporte y, junto con un amigo que me había encontrado poco antes (también me encontré poco antes con una amiga fonoaudióloga pero se fue pronto pues tenía clase), fumé el camino hacia mi ensayo de Teatro (cabe aclarar que él no fuma).
Salí del ensayo hacia las 9 pm del cual no hay mucho mas que decir aparte de que reí muchísimo, y reviví mis recuerdos de ciclista amateur al montar en la bicicleta de un compañero mientras salíamos a usar el transporte masivo de Bogotá.
Allí es donde entra el meollo del asunto: ¿Dónde cabe, luego de un día casi perfecto, que tuviera un momento de conmoción que me llevara a entristecerme a tal punto de humedecer de lagrimas los ojos?
Alguna vez le dije a una amiga que yo creía que todos los sentimientos merecían ser expresados mediante escritos, incluso la tristeza, y esto me llevo a digitar en mi computador este semejante resumen digno del diario de una adolescente; pero ahora no estoy tan seguro, si hay un sentimiento menos digno de tal acción ha de ser la tristeza pues no deja aclarar la mente mientras se escribe.
Y es que al subirme al bus de regreso a casa conté con la fortuna de encontrar un asiento libre junto a un señor que cargaba un voluminoso equipaje que era lo bastante pequeño para poder prescindir de ruedas pero lo suficientemente grande para pensar en instalárselas. Me puse los audífonos, me senté y empecé a escuchar música al azar cuando de repente por el borde casi imperceptible de mi visión lateral creí ver un fugaz brillo plateado el cual desprecié para continuar en mi contemplación nocturna de la ciudad a través de las ventanas. De nuevo se repitió la efímera escena y esta vez si me sentí obligado a mirar. El señor que yo creía dormido por sus cabeceos y que resultó ser una persona a medio camino entre la adultez tardía y la vejez, dejaba discurrir por su flácida mejilla entrecana una lagrima serpenteante que dibujaba un frío y lluvioso camino entre sus ojos y su barbilla, los movimientos que creí cabeceos resultaron ser gimoteos y yo quedé allí, rígido, petrificado, con una alienación tal que no pude volver a tararear las canciones que venía tarareando, me olvidé de revisar a cuantas estaciones estaba de mi destino, olvide por un segundo donde estaba y solo me interné en cavilaciones del porqué alguien de esa edad puede llegar a entristecer a tal punto...
Lo observé un poco, sus manos denotaban años de trabajo duro y sacrificado y el atuendo desgastado mas no raído no indicaba menos. Vi que quedaba dormido abrazando su voluminosa maleta que, aunque me presionaba la pierna, no impedía que yo me quedara allí sentado como acompañandolo en no se que dolor; no me sentía capaz de dejarlo solo y sentarme mas cómodo en las otras sillas que iban quedando libres en el bus, solo pensé en seguir allí, mirando de reojo sin poder concentrarme en nada más.
Al llegar a la última parada todos salimos de bus y casi me odié por tener que sacarlo de aquel paraíso onírico que tal vez estaba viviendo en ese momento.
No se que balbuceo de recién levantado profirió cuando le toqué insistentemente el hombro para que despertara, no se tampoco que sería de él luego de que dí media vuelta y seguí con mi camino, no se si notaría que por unos 20 minutos alguien compartió su tristeza y supongo también que jamás sabrá que me hizo sentar hasta las 2 am para rendirle un pequeño y silencioso homenaje, a él, a su desconocido pasado y a su tortuoso padecimiento... De nuevo mi escape es escribir y exorcizar así esa tristeza...
Trastesas conjuntas, trastesas irradiadas de caminos aislados se conjugan sutilmente a ordenes de la aleatoriedad. -AR
ResponderEliminarSin palabras ni suspiros ante la tristeza ajena, esa que uno pueda apropiarse y sentirla casi en carne viva, el misterio...
ResponderEliminarEste texto me hace pensar demasiado en el futuro, lo posible, lo imposible. Lo que puede pasar más adelante y las penas que cada uno acumula en el camino, y lo trascendental que algo que puede parecer un detalle insignificante puede ser para cualquiera.
Me encantó el escrito, Willito :) Esa Kathe es una perdida, así es conmigo :P